No hace falta vivir en Japón, o en cualquier lugar de este mundo, para sentirse ajeno. Ni siquiera hace falta vivir en una casa, propia, que funcione en cualquier aspecto como tal, para no dejar de sentirse eternamente en tránsito. La sensación de ajenidad y de continua necesidad de cambio nos invade muchas veces sin desearlo. El síndrome de la ausencia del “hogar dulce hogar” nos aqueja.
Es como sentir una eterna incomodidad, un no relajarse jamás, un cosquilleo permanente en nuestras espaldas o una piedra en nuestro zapato, que demanda en todo momento un cambio, cuanto más inminente mejor. O quizás debería decir no un cambio sino un deseo de cambio. Porque al fin y al cabo lo que nos mueven son los deseos. Y la expectativa de ese deseo es lo que nos mantiene en vilo.
A veces creo que es como estar eternamente enamorado. Pero me refiero aquí a un permanente estado de “enamoramiento”, no me refiero al amor sereno y maduro que nos permite reposar. Me refiero a esos comienzos, la mayoría de las veces tempestuosos sólo por la ausencia de calma, que cuando demandan un compromiso y una estabilidad, no lo resisten y se desvanecen. Y es entonces cuando uno ya está pensando en un nuevo comienzo, un nuevo objeto para depositar ese eterno “enamoramiento”. Cíclicamente, repetidamente, como subidos a una rueda eterna.
Lo comparo a veces con esa ansiedad del eterno viajero que nunca termina de desempacar. Ese viajero que cambia compulsivamente de casa, ciudad o país como de camisa, viviendo con sólo lo indispensable -sin importar qué sea lo indispensable para cada uno- y nunca cargando con demasiado peso porque el peso dificulta la movilidad y la movilidad es la base de todo esto.
Quizás sólo estemos hablando de insatisfacción. O de ausencia de satisfacción -que no estoy segura que quiera significar exactamente lo mismo- o de satisfacciones cortas o temporales que demandan una nueva satisfacción tan corta o temporal como la anterior para ser reemplazada. Pero nadie puede vivir toda su vida cantado "I can’t get no satisfaction".
No hace falta vivir en Rusia para sentirse en tránsito. No hace falta escuchar hablar alemán día tras día para que las palabras terminen resultando ajenas. A lo mejor, para empezar a aliviar, sólo haya que resignarse y aceptar que la vida es sólo eso, tránsito y que no hay ningún lugar donde llegar.



